Templo-Historia

Al oriente del Cerro del Sangremal, hay un pequeño valle, que en los días de la conquista era una laguna. Efectuada ésta, Hernando de Tapia, Conín, consideró la necesidad de acercar el agua al naciente Pueblo de Indios de Santiago de Querétaro, por lo que se echó acuestas rehacer el cauce del río y traerla desde La Cañada.

Terminada esta labor, desecó esa laguna, llamada ‘de los patos’, considerando la parquedad de tierras labrantías cercanas al poblado. Esta laguna llegaba hasta lo que no hace mucho era la hermosa granja llamada Pathé, famosa por sus baños. Los terrenos desecados le fueron conferidos y con algunos más nació la granja mencionada.

Durante siglos éste fue el único fin: sembradío. Cuentan las crónicas que en la segunda mitad del S. XVII fue construida una capilla, que por hallarse en medio de las tierras de labor, fue dedicada a San Isidro Labrador y su esposa, Santa María de la Cabeza.

La granja de Pathé colindaba con la hacienda Carretas. Al ocurrir la contaminación del agua de la Zanja Madre y resultar insalubre, el cabildo resolvió la construcción del acueducto, de la que se hizo cargo D. Juan Antonio de Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar del Águila y Caballero del Orden de Alcántara. Éste determinó que la obra cruzara los dos predios para que la hermana agua corriera cristalina y sonriente en las alturas.

Pocos, muy pocos quedaron trabajando la tierra; los más formaron parte de esa abigarrada multitud que aserró troncos y levantó andamios; cubicó la piedra bruta y la unió con la argamasa que consolidó fuertemente las columnas piramidales, los que al ser unidas con sendos arcos, más parecen gigantes tomados del brazo, prontos a defender la levítica ciudad. Nunca fue mejor empleado el ingenio y el esfuerzo humano que en esta ocasión.

La vida continuó y todo indica que por esta época fue demolida la capilla original para construir este templecito, que se miraba simpático entre milpas y huertas, extramuros de la ciudad.

De planta de una sola nave y ábside plano, su techumbre original debió ser a base de viguería y ladrillo, y sustituida en el siglo pasado, tal como la podemos contemplar.

Su exterior, humilde por su dimensiones, resulta interesante por ser de las pocas que poseen aún atrio, circundado por una tapia baja, no más de metro y medio de altura, rematada por adornos recientes. Carece de arco de entrada. Su campanario, proporcionado al templo, es de dos cuerpos. El portón muestra una ventana, emulando el estilo herreriano.

Ignoramos si llegó a tener retablo en el Altar Mayor y colaterales, cual era la costumbre de los días en que fue construida, los que no solo adornaron este recinto religioso, sino que movieron a la piedad propia de nuestra gente.

Presenta detalles barrocos como lo que debió ser el retablo del Altar Mayor. Muestra ahora solamente la calle central, iniciada luego de la mesa, con el tabernáculo dentro de una oquedad. Subiendo la vista miramos un cuadro del a virgen de Guadalupe entre rosas coloreadas y finalmente un pintura de la Santísima Trinidad inscrita en un marco dorado. Al lado de la epístola está una bien trabajada escultura de San Isidro Labrador y al lado contrario una de su esposa, Santa María de la Cabeza, de la misma calidad artística. Antaño, estas imágenes salían para bendecir los labrantíos y los huertos, acompañados de la música de bandas de aliento, el tronar de los cohetes, de los cantos piadosos de los labriegos y hortelanos, y la sonrisa de las muchachas del lugar, que derramaban pétalos al paso de las santas imágenes.

A la izquierda del presbiterio está la sacristía y el resto de las habitaciones de la casa del capellán, restauradas con suave respeto al resto del inmueble.

Un detalle que atrae la atención es una puerta condenada ubicada a la izquierda de la entrada. No sabemos si era la salida a una huerta, tal vez a un cementerio, o alguna otra dependencia; los planos y documentos no dicen nada al respecto. No puede dejarse a un lado el coro alto de que fue dotado este templecito; pequeño, como todo lo que sustenta a la capilla.

En el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles del Estado de Querétaro, de esta capilla hay poco, solamente lo siguiente:
Núm. de clave 22.014.001
Núm. Ficha 0825.
Localización:
Municipio – Querétaro.
Localidad – Querétaro.
Col. o Barrio – San Javier.
Calle y Núm. – Boulevard de la Luna Esq. con Calzada de Pathé.
Identificación:
Nombre edificio- Capilla de San Isidro.
Uso original – capilla.
Uso actual – capilla.
Época de construcción – XVIII, XIX.
Características:
Fachada principal – Aplanado café.
Muros – adobe aplanado.

Resultó una obra más suntuosa, con bóveda de cañón y torre campanario. Izaron la voz de bronce y su voz corría llamando a la oración matutina para dar gracias al Todopoderoso por abrir los ojos una vez más, mirar su creación y en su nombre, ir a trabajar una vez más. Por la tarde acudían los labriegos a contemplar al Soberano Señor Sacramentado y recibir su bendición para luego ir a descansar.

Terminó el S. XVIII y dio paso al inicio del XIX. Nuestra tierra se agitó al sacudirse el yugo español. Ni estos estertores, ni los posteriores cuando la intervención yanki, ni la invasión francesa acallaron su voz: los vecinos que cuidaban las huertas seguían asistiendo. Era un lugar que seguía dando gracias al Creador, principalmente el domingo siguiente al 15 de mayo, fecha en que se recuerda a los santos patrones del templecito. Lamentablemente este festejo ha decaído; ojalá que se recupere.

Una de las festividades más arraigadas era el Jueves de Corpus. Dice D. Valentín Frías: “…se realizaba con mucha solemnidad. Salía de la iglesita rumbo a esta ciudad, y al llegar al punto hasta hoy llamado ‘El Aguacate’ tomaba por la calzada rumbo sur, a salir al Camino Real tomando rumbo al oriente por todo el camino, y al llegar a los portalitos que están a la izquierda, entraban al callejón de ‘Los Metateros’, tumbo norte, que va a desembocar a la iglesia de donde salió.
“Todo el trayecto era adornado con colgaduras y arcos formados de ‘tápalos’ y ondas de papel de china banderolas, carrizos y cortinas, poniéndose en todo el trayecto cuatro altares o posas.
“La llegada era esplendorosa, pues en el centro de la bóveda había granadas que al paso del Santísimo se abrían automáticamente y desgajándose, caían sobre los procesionales multitud de ‘agasajos’, flores y papel recortado”.
Terminaba la fiesta con repique y cohetones, música en el atrio hasta la quema de los fuegos artificiales. Mucha verbena y bastante concurrencia en el interior de la huerta.

Ante las reformas litúrgicas y la cantidad de fieles, hubo necesidad de realizar otra intervención a edificio. Fue construido el Coro Alto, lo que rebasó en protocolo a las ceremonias de función, con tres ministros y sermón.

A fines de 1881 y principios de 1882 apareció otro tipo de trabajadores en estos terrenos: unos tiraban tierra, otros extendían grava; algunos más colocaban unos maderos grandes, pesados y embarrados con aceite; finalmente aparecieron los últimos que colocaron unas piezas de acero con ayuda de grúas. El martillar fue constante. Nuevamente escindían la tierra, impidiendo el camino expedito del arado. Los moradores del lugar se preguntaban qué sería eso y no atinaban a responder. La respuesta llegó el 17 de febrero de 1882, día en que la tierra se cimbró, los arcos se sacudieron y un monstruo que resoplaba, chirriaba; aventaba un humaredón terrible y escupía fuego por los lados pasó bajo el acueducto. El Ferrocarril Central Mexicano arribó a tierras queretanas.

Con él llegaron el progreso y la modernidad. Ya nada sería igual. La vida que había sido tranquila se activo de tal forma que nunca se sosegaría. Viajes a la ciudad de México en un día; transporte de toneladas de carga en el mismo tiempo. ¿Quién imaginaría esto posible?

Lo anterior fue solo el comienzo. Si la gente podía ir y venir a México en cosa de cuatro días, ¿por qué no habría de ir del Jardín Zenea a La Cruz en cuestión de minutos, de forma tranquila, holgada y sin agitarse? Resultaba preciso mostrar la movilización eficaz al interior de la mancha urbana

Más tardó el tren en llegar que en arremolinarse los coches de alquiler en la estación. Aquí nacieron los conflictos viales que todavía padecemos. La solución era un transporte colectivo ordenado y éste apareció en noviembre del mismo año. Luego de un recorrido inicial por el centro de la ciudad, se amplió éste.

En junio de 1883 inició su recorrido el tranvía por la nueva ruta, del Jardín Zenea al puente de Pathé. Subía por la hoy Av. 16 de Septiembre hasta la calle Tres Guerras, para continuar por la Av. del 5 de Mayo y bajar por la llamada Cuesta de Costilla, y enseguida internarse en las huertas de San Javier, Las Delicias, el solar de Narváez, Callejas, Carretas, San Isidro y Pathé. A ratos corría por el punto llamado ‘El Aguacate’, o ‘El Chirimoyo’, para seguir por el callejón de ‘Los Maleteros’, desembocar en la calle de San Isidro hasta llegar al balneario de Pathé.

Era un recorrido muy ameno, pues el tranvía de mulitas se internaba en paisajes únicos, soberbios y excepcionales, hundiendo al pasajero en un mar de aromas y colores. Conforme miraban huertas cuyas lindes eran de adobe coronado por enredaderas, otras eran gráciles bardas forradas de flores multicolores que daban el toque bucólico. Aquí ramas cargadas de fruta revoloteada por aves; acá malvas y campánulas. Chapulines brincaban doquier y el espíritu vivía momentos de ensoñación al escuchar gorriones, clarines y jilgueros silvestres.

Los manzanos se veían cuajados de fruto maduro que hacía agua la boca; los membrillales invitaban a las amas de casa a aderezarlos en conserva o ate; las chirimoyas atraían los sentidos, pues desde lejos se apreciaba su dulzor, en tanto que los duraznos amarillos y las guayabas llamaban al almíbar.

Algunas huertas no estaban cercadas, de modo que podían verse los hortelanos en plena faena. La acequia de Carretas devolvía los rayos luminosos del astro rey, mismos que herían suavemente la vista de los pasajeros. Paisaje encantador, coronado por el albor de los alcatraces, las coloridas amapolas y las florecillas del campo, tiernas en su figura, aleves al tacto y multicolores en su desarrollo, convertidas en delicia de las mariposas, de las abejas zumbadoras, todo mezclado con los vuelos ágiles de los abejorros y los destellos de los mayates.

¡Cuán alegres y felices se miraban los colibríes, yendo de flor en flor! El paso del tren era saludado con los mugidos de las vacas, que cual protestas por la tierra perdida, se mezclaban con los cantos de los gallos que se veían de trecho en trecho, cuidando sus gallinas y polluelos, curiosos y alborotados.

Siguiendo su derrotero el viajero percibía los sembradíos de alfalfa que de tan verde más parecía una alfombra y las parcelas de maíz y frijol, mecidas por el viento. Había tablas sembradas con lechuga orejona, calabaza criolla, zanahorias y cebollas que escondían sus frutos bajo tierra, coles y coliflores. No podían faltar los higos negros con sus límpidas gotitas de miel, platanares cuyo fruto colgaba en grandes racimos. Había una zona muy especial, adonde las moreras destacaban, y cerca, muy cerca, las vides, fruto prohibido durante el virreinato.

A tiro de piedra se construyó la presa de San Isidro, de la que salían los canales de agua para regar las huertas y sembradíos de ambas márgenes, aunque dicho sea de paso, este lado fue regado por siglos gracias a la acequia madre.

Este monumento pasó por situaciones extremas durante el Sitio que sufrió nuestra ciudad en 1867 y otras más durante la Revolución Cristera de fines de los veintes y principios de los treintas. Acaso haya sido en esos días que perdió sus adornos.

No pasó mucho tiempo para que las amas de casa se acostumbraran a adquirir su mandado en este vergel, hasta que dejó de funcionar. De ello han pasado más de sesenta años.

Mientras hubo agua, las huertas siguieron fructíferas. Cuando ésta faltó, fueron fraccionadas en predios urbanos, tanto los terrenos de San Javier como los de Callejas, para seguir con Carretas y continuar con el huerterío, logrando con ello destrozar el equilibrio ecológico de la región, pues con el recubrimiento de las calles con material impermeable, la compactación del terreno y las edificaciones, se ha impedido la recarga del freático.

De ese Querétaro desaparecido, solo queda con este templecito y sus santos patrones la idea de un área dedicada, al cultivo. El recuerdo de que en otro tiempo, llegada la floración en mayo, las labriegas tejían guirnaldas para adornar sus cabezas y escoltar el día 15 la imagen de San Isidro Labrador, un santo vestido con paño burdo y capa parda, calzado a veces con alpargatas rotas o escarpines, polvorientas unas veces o entorchadas de barro otras, incansable hasta su muerte, acaecida a los noventa años, acompañado de la imagen de su santa esposa, María de la Cabeza. Paseaban por las huertas al canto de: San Isidro Labrador quita el sol y pon el agua, rogando además por los campos y por los agricultores.

Ahora le llaman simplemente Capilla de San Isidro, cuando en verdad es un templo, pequeño, pero templo, y así se le debiere conocer: Templo de San Isidro Labrador.

Las vías de acero se conservaron por algunos años, y cuando Querétaro empezó a adoquinarse fueron desvaneciéndose. Su recuerdo nos quedó gracias a las múltiples fotografías que en blanco y negro poseen las viejas familias queretanas, mismas que hemos rescatado del olvido que no olvida.

Por: Eduardo Rabell Urbiola